Mi experiencia en una ceremonia de purificación en Oaxaca

Aprovechando mi prolongada estancia en Oaxaca, asistí a una ceremonia de purificación tradicional indígena ejercida por una popular curandera local.

Selección de hongos

Selección de hongos alucinógenos

Dicho así, suena muy fino. En realidad, la ceremonia consistía en comer setas alucinógenas para descubrir el sentido de la vida y dejar atrás todos los problemas, tantos mentales como físicos.

Un objetivo un tanto ambicioso que, como os podéis imaginar, no se cumplió. Eso sí, yo me reí de lo lindo. Y eso también cuenta.

Los hongos en la cultura popular de Oaxaca

La utilización de hongos alucinógenos es una práctica habitual como método de purificación y/o curación en los pueblos indígenas del estado de Oaxaca. Así que, siguiendo la máxima de allí donde fueras, haz lo que vieras, me apunté a una ceremonia purificadora con dos compañeras de la fundación donde trabajaba.

Cuando me invitaron a este evento, no estaba muy segura de querer hacerlo. Por un lado, era caro y, por otro, me daba un poco de miedo. Nunca había comido setas de este tipo y no tenía muy claro cómo iba a reaccionar. Pero supongo que hay que probarlo todo por lo menos una vez en la vida. 

Antes del día señalado, nos dieron una serie de pautas para llegar a la ceremonia en condiciones óptimas, consistentes principalmente en tomar un desayuno ligero y no comer nada más en todo el día. Al final del evento había otros requisitos, que os contaré llegado el momento.

Detalle de la casa, San Agustín Etla, México

Detalle de la casa, San Agustín Etla, México

De esta manera, Jennifer, Stéphanie y yo nos plantamos a la hora convenida en San Agustín Etla, un bonito pueblo a las afueras de Oaxaca. Y allí esperamos y esperamos. Nuestra curandera no daba señales de vida y ya estábamos un poco mosca cuando una mujer del pueblo vino a buscarnos. Sin embargo, no era nuestra anfitriona sino una conocida que venía a llevarnos a la casa donde se realizaría la ceremonia y a avisarnos de que nuestra chamana se iba a retrasar. Y tanto que se retrasó, pues llegó casi 2 horas tarde -esto es muy tarde incluso para los mexicanos-.

Un poco enfadadas aceptamos las excusas de la señora Carmen, nuestra renombrada curandera, y comenzamos la ceremonia. A mí todas estas cosas espirítuales siempre me dan un poco de risa y esta vez no iba a ser menos (supongo que en parte por culpa de las drogas).

Ceremonia de purificación

Primero nos sentamos las 3 muy formales en un sofá mientras nuestra guía espiritual colocaba las setas correspondientes en unas hojas de plátano, encendía el copal -un incienso típico de México- y preparaba un chocolate caliente.

Entonces, nos pasó por la cabeza una por una nuestra hoja con setas junto con el humo del copal. Mientras hacía esto, ella iba eructando -según nos explicó para librarnos de nuestro estrés-. También iba diciendo unas palabras en su lengua indígena. Yo intentaba contener la risa y los rugidos de mi estómago, que ya estaba pidiendo comida a gritos.

La curandera Carmen y yo

La curandera Carmen y yo

Tras esta presentación oficial con nuestros hongos, nos tocó sentarnos una por una en una silla con el incienso quemándose debajo. La señora Carmen nos atizó con unas ramas de carrizo, echándonos así el humo del copal, y nos restregó mezcal -el licor local- en la cabeza. A la vez, ella eructaba y recitaba unas frases en su idioma, aderezadas con interjecciones religiosas en español. Después pasamos 7 veces por encima del humeante incienso. Ya estábamos preparadas para comernos los hongos. Aunque había setas de diferentes tamaños y formas, todas tenían el nombre familiar de santitos.

El problema con las setas alucinógenas es que tardan un rato en hacer efecto, el tiempo que tu estómago empieza a digerirlas. Así, yo no quería comer mucho para no pasarme y que me sentasen mal. Los santitos crudos sabían a mil demonios. Al principio parecían tener un sabor inocuo, como a tierra, pero enseguida amargaban. Ahí se agradeció el chocolate. No obstante, para entonces tenía tanta hambre que no me importó mucho.

Santitos alucinógenos

Santitos alucinógenos

Tras la ingesta, nos fuimos a otra habitación con unas colchonetas en el suelo para esperar el colocón. Según nuestra curandera entonces encontraríamos el sentido de la vida y la solución a todos nuestros problemas. Yo no esperaba tanto, pero me imaginaba que la habitación iba a empezar a moverse o que iba a ver animales de colores. Sin embargo, nada de eso. Después de esperar un buen rato, el único síntoma que parecía tener era un fuerte dolor de cabeza -provocado probablemente por la falta de alimento-. Entonces me empezó a entrar la risa tonta, como cuando me fumo un porro.

Todo me parecía graciosísimo. Que Jennifer se levantaba para cerrar la ventana, me descojonaba. Que Stéphanie argumentaba que mejor que entrase un poco de aire, se me saltaban las lágrimas. Y me reí y me reí hasta que mis compañeras de aventuras me echaron la bronca. Querían un poco de silencio para concentrarse en su viaje espiritual. Por supuesto, esto me dio incluso más risa. Pero una vez que pude contener las carcajadas, intenté ser formal. Entonces nos quedamos allí tumbadas sin hacer nada.

Ceremonia de purificación

Ceremonia de purificación

El siguiente par de horas se me hicieron muy pesadas. Aunque me comí otro hongo, la risa no volvió. Intenté echarme la siesta, pero, por algún extraño motivo (yo soy la reina de las siestas), no tenía sueño. Intenté dejar la mente en blanco, pero mi estómago se empeñaba en recordarme que no le había echado nada en horas. En fin, que me pasé gran parte de la tarde pensando en cuando podríamos comer, porque aquello ya empezaba a ser una tortura.

Me temo que ninguna tuvimos una experiencia reveladora ni mucho menos psicodélica. Tan sólo un pequeño colocón que cada una vivió a su manera. Jennifer estaba empeñada en irse a caminar, cosa que finalmente hizo. Regresó alabando las virtudes del mejor atardecer que había visto nunca -puede que éste fuera su viaje espiritual-. Por su parte, Stéphanie buscó sin éxito una conexión con su yo interior y lo único que encontró fue un techo que se movió durante unos segundos. Y yo, yo con mi risa incontenible, que no me enseñó nada, pero con la que ejercité gran parte de los músculos de la cara.

Y, por fin, llegó el momento que habíamos estado esperando con ansiedad. Al anochecer nos zampamos ávidamente las frutas que teníamos en la mochila. Para entonces yo me hubiese comido una vaca entera, pero me tuve que conformar con unos plátanos y algo de sandía.

Para finalizar, la señora Carmen nos dio un extraño masaje. La versión oaxaqueña de los masajes consiste en atarte con una toalla, cuyos extremos se giran hasta que te crujen los huesos. No es la experiencia más relajante del mundo, pero tampoco estuvo mal. Y a mí me encantan los masajes, sean del tipo que sean, así que esto me pareció de lo mejor de la jornada. Ya estábamos listas para regresar a nuestras vidas mundanas.

Una vez terminada la sesión, lo más importante -doña Carmen nos insistió con vehemencia- era no tener sexo en los siguientes 4 días y tampoco comer en la misma mesa con gente que fuera a mantener relaciones (¿qué cara se os ha quedado? Me imagino que la misma que puse yo). Así seguiríamos con nuestro proceso de curación -todavía no tengo muy claro de qué nos estábamos sanando-. La risa que me entró en ese momento ya nada tenía que ver con las setas.

En pocas palabras, en la ceremonia de purificación no encontré el sentido de la vida ni vi elefantes voladores, pero me eché unas risas, que, al final del día, es lo que importa en esta vida.

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