Voluntaria en el Centro de Zorros Árticos de Súðavík

En la entrada de hoy os voy a contar mi experiencia como voluntaria en el Centro de Zorros Árticos de Súðavík. A pesar de tener que trabajar -e incluso madrugar-, me lo pasé en grande durante las 4 semanas de mi estancia en este increíble lugar de Islandia.

Ingi, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Ingi, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Situado en los Fiordos del Oeste, el Centro me dio la oportunidad de aprender sobre los zorros árticos, hacer buenas migas con dos de ellos, practicar mis dotes de guía y experimentar la vida en un pueblo islandés, además de conocer a gente maravillosa. Una experiencia excepcional que recomiendo a todo el mundo.

Y si no tienes el tiempo o las ganas para ayudar en el Centro de Zorros Árticos, siempre puedes pasarte por allí a saludar a Ingi y Móri -los zorros residentes- y aprenderlo todo sobre ellos. Un voluntario muy simpático te llevará por el museo, explicándote cada detalle 😉

Centro de Zorros Árticos de Súðavík

El Centro de Zorros Árticos de Súðavík –The Arctic Fox Center o Mekrakkasetur, en islandés- es un espacio dedicado al único mamífero terrestre nativo de Islandia. Habéis oído bien, antes de la llegada de los vikingos allá por el año 900A.D., los zorros eran los reyes del mambo en esta remota isla del Atlántico Norte.

Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Como no podía ser de otra manera, con la llegada de los humanos llegó el declive de la especie, que a punto estuvo de extinguirse de Islandia. De no tener que preocuparse por ningún depredador, se encontró con el más mortífero del planeta. Sin embargo, los zorros son listos y supieron sobreponerse. Además, en los últimos tiempos el esfuerzo de un grupo de investigadores y conservacionistas ha ayudado a que la población se mantenga en niveles aceptables.

Móri en el Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Móri en el Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Esos mismos investigadores son los que pusieron en marcha el Centro de Zorros Árticos. El objetivo de esta organización sin ánimo de lucro es coordinar y patrocinar estudios sobre los zorros en Islandia y, de paso, dar visibilidad a estos animales. De esta manera, el Centro cuenta con un museo que ofrece interesante información sobre los zorros -además de visitas guiadas por parte de los voluntarios- y con dos zorros árticos huérfanos que viven en un recinto adyacente.

Ingi echándose la siesta, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Ingi echándose la siesta, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Sin duda, Ingi y Móri, los dos zorros, son las estrellas del lugar. Y con razón, pues a pesar de encontrarse por toda Islandia, resulta complicado ver zorros árticos en la naturaleza. Si algo han aprendido estos pequeños caninos en el último milenio es a alejarse de los humanos. Así que, muchos turistas se acercan hasta aquí para ver de cerca a estos animales.

Móri paseando, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Móri paseando, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Programa de voluntarios del Centro de Zorros Árticos

Durante el verano, el Centro de Zorros Árticos de Súðavík cuenta con un programa de voluntarios que atrae a gente de todo el mundo a este pequeño lugar perdido en los fiordos islandeses. Participar como voluntario cuesta 15.000 coronas islandesas a la semana (unos 100€), que cubren los costes de alojamiento, una casa grande en Súðavík; la comida, que íbamos a comprar nosotros mismos al súper; y un coche de alquiler, ideal para explorar la zona los días libres o por las tardes. Nada mal teniendo en cuenta el coste de la vida en este país.

Ingi, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Ingi, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Yo llevaba 2 meses acampando por el país cuando llegué a Súðavík, por lo que, la casa de los voluntarios me pareció una mansión. Dormir calentita en una cama de verdad no tiene precio… Y, para qué negarlo, tener cuarto de baño y cocina tampoco está nada mal. Por otro lado, contar con un coche en la puerta también me pareció mucho más cómodo -y rápido- que hacer autoestop. En fin, que las comodidades de ser voluntaria me parecieron estupendas. Y, en honor a la verdad, también disfruté del trabajo.

Casa de los voluntarios, Súðavík, Islandia

Casa de los voluntarios, Súðavík, Islandia

Las tareas de los voluntarios -mejor dicho, voluntarias, pues éramos mayoría- consistía en encargarse de los zorros árticos huérfanos y ofrecer tours guiados del museo. Por supuesto, el cuidado de los zorros era la actividad favorita de todas las voluntarias, aunque tengo que decir que a mí no me importaba en absoluto enseñar a los visitantes nuestro estupendo museo -y hablar de sus experiencias viajando por Islandia-.

Móri, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Móri comiendo, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Como decía, el Centro contaba con dos zorros árticos, Ingi y Móri, que eran como de la familia. Sus padres habían muerto a manos de un cazador y habían acabado allí, no sé si por suerte o por desgracia. Las leyes islandesas no permiten devolver a la naturaleza ningún animal salvaje que haya sido mantenido en cautividad, por lo que, Móri e Ingi tendrán que pasar el resto de sus vidas entre las cuatro verjas de su recinto.

Ingi y Móri, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Ingi y Móri, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Como los zorros no pueden volver a su hábitat natural, no se les enseña a cazar y, por tanto, las voluntarias nos encargábamos de darles su ración diaria de alimento: carne para perros, huevos y pescado dos veces al día. La hora de la comida era uno de los momentos más emocionantes, pues, no sólo los zorros se ponían contentísimos, sino que a veces se intentaban robar la comida el uno al otro. Así, acababan corriendo a toda velocidad por el recinto persiguiéndose. Otras veces, enterraban la comida que les sobraba -o que le habían robado a su hermano-. Era increíble la habilidad que tenían para hacer agujeros y, sobre todo, para camuflarlos después.

Móri e Ingi peleando, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Móri e Ingi peleando, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Ese afán excavador de los zorros nos proporcionaba otro de los trabajos en el recinto, pues teníamos que tapar los agujeros que hacían cada día en la verja. A mí me daba la sensación de que estaban planeando la fuga de Alcatraz. Y la verdad es que me sentía fatal en el papel de carcelera, destruyendo los sueños de libertad de Ingi y Móri. Ellos se vengaban a su manera: mordiendo nuestra ropa y zapatos, por lo que teníamos que entrar al recinto con botas de goma y un horrible mono azul. A falta de presas a las que hincar el diente, a los zorros les encantaba morder las botas, cuyas punteras estaban ya completamente destrozadas. Puede que Móri e Ingi estuvieran acostumbrados a los humanos, pero sus pequeños dientes seguían estando tan afilados como los de cualquier animal salvaje.

Jugando con Móri, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Jugando con Móri, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Después de la comida y de limpiar el recinto de sus excrementos (que, por cierto, ¿cómo podían oler tan fuerte unas boñigas tan pequeñas?), tocaba jugar un rato con los zorros. Al contrario que los perros, estos animales no respondían a sus nombres. Por lo que, normalmente nos agachábamos o sentábamos en el suelo, esperando a que vinieran a jugar con nosotras si les apetecía. A veces estaban mimosos y se acercaban, y otras no. Y cuando llovía o hacía mucho frío éramos nosotras las que nos marchábamos al calor de la casa en cuanto terminábamos nuestra labor.

Zorro Ártico, Súðavík, Islandia

Zorro Ártico, Súðavík, Islandia

Como decía, a los zorros árticos les encantaba morder, así que había que tener cuidado de que no destrozaran toda nuestra indumentaria. Además de intentar comernos, a Móri le gustaba subirse encima, así que se te ponía en el regazo o se subía a nuestra chepa a menudo. Ingi era más tímido, pero de vez en cuento también se acercaba a por sus caricias. Casi al final de mi estancia, descubrimos que a Móri le encantaba que le rascaran la barriga -como a un perro cualquiera- y desde entonces las sesiones de cosquillas fueron una constante. Era muy gracioso verle retorcerse de placer.

Haciendo cosquillas a Móri, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Haciendo cosquillas a Móri, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

En cuanto a nuestro trabajo como guías del pequeño museo del Centro, la entrada incluía una visita guiada, así que todo el mundo que pasaba por allí se llevaba nuestra charla sobre los zorros árticos. Al principio tuve que aprenderme un montón de datos e información sobre estos animales. Pero una vez en marcha, creo que se me dio bien. De hecho, tan bien me aprendí mi papel que no pocos visitantes estaban convencidos de que era bióloga y experta en zorros islandeses.

El sitio también contaba con un pequeño café que servía sopa y meriendas (no he comido tantos gofres y tarta en mi vida). Pero no nos dejaban pisar la cocina, pues había gente contratada que se encargaba de eso -y de cobrar a los turistas-. Sólo recurrían a nosotros en momentos de estrés cuando llegaban autobuses enteros de cruceristas y se desbordaba el edificio. Por supuesto, el concepto multitud y estrés es bastante diferente en Islandia, donde más de 3 personas pidiendo café a la vez es una crisis 😉 Que no me oigan mis amigos islandeses, que son muy majos, pero se ahogan en un vaso de agua.

Las voluntarias y el jefe, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

Las voluntarias y el jefe, Centro de Zorros Árticos, Súðavík, Islandia

La única queja -si es que puede llamarse así- de mi estancia como voluntaria es que prácticamente todos los otros voluntarios con los que coincidí apenas tenían 20 años. Así que me sentía un poco como la madre de todos ellos. Así, fue inevitable que acabara siendo la cocinera oficial de la casa de los voluntarios. Aparte de eso, que no me importó en absoluto, como es natural no teníamos demasiadas cosas en común. Aunque, por otro lado, juntarse con gente joven te rejuvenece -o eso dicen y yo quiero creérmelo-.

La vida en Súðavík

Además de aprender un montón de cosas sobre los zorros árticos, creo que una de las ventajas de ser voluntaria aquí es poder experimentar la vida en un pueblo islandés. Súðavík es una comunidad pequeña en la que viven unas 200 personas. Como os podéis imaginar, se conoce todo el mundo y todos conocen a los voluntarios. Al principio pensé que podría ser un poco agobiante, pero luego me gustaba eso de que la gente me saludase por la calle (literalmente, una de las 2 calles del pueblo).

Súðavík, Islandia

Súðavík, Islandia

Otra de las ventajas de Súðavík es que se encuentra a apenas 20 kilómetros de la capital de los Fiordos del Oeste, Ísafjörður. La cuarta ciudad más grande de Islandia con casi 3.000 habitantes tiene un par de bares, algún que otro restaurante y hasta un cine. Y claro, supermercado y tienda de alcohol (monopolio del estado), que vienen muy a mano.

Hoguera en el festival del arándano, Súðavík, Islandia

Hoguera en el festival del arándano, Súðavík, Islandia

Aunque probablemente lo mejor de Súðavík sea su localización en mitad de un precioso fiordo. Sinceramente, cada vez que me asomaba a los ventanales del salón no podía creerme que tuviera esas increíbles vistas. No me cansaba de ver la entrada de agua rodeada de montañas. De vez en cuando, alguna foca despistada se acercaba a explorar la zona. Sin embargo, me quedé con las ganas de ver ballenas, que son menos frecuentes, pero también se adentran en el fiordo.

Cumbre en el monte Kofri, Islandia

Cumbre en el monte Kofri, Islandia

Para rematar mi buena suerte, mi estancia en Súðavík coincidió con la fiesta del pueblo. La conocida como feria del arándano o Bláberjadagar volcó a todos los habitantes de la zona en infinidad de actividades, algunas llevadas a cabo en el Centro de Zorros Árticos -véase competición de comer tarta y pinta caras para niños-. Fueron unos días muy entretenidos, con conciertos, fogatas junto al fiordo e incluso una excursión a lo alto de la montaña a la espalda de Súðavík (ya os lo contaré otro día, pero fue uno de los senderos más duros que he hecho nunca).

Y todo eso sin contar que desde la casa de los voluntarios se podía ver la aurora boreal. En fin, ¿hace falta que diga algo más?

Aurora boreal en Súðavík, Islandia

Aurora boreal en Súðavík, Islandia

Así que, entre zorros, turistas del mundo entero y festivales del arándano, se pasaron volando mis 4 semanas en el Centro de Zorros Árticos de Súðavík. Se trató de una experiencia excepcional que repetiría sin dudar. Tanto cuidar de los encantadores Móri e Ingi como compartir todo lo que aprendí con los turistas fueron unas actividades muy entretenidas, así que me marché con mucha pena de este lugar especial de Islandia.

Para saber más sobre este sitio dedicado a los zorros árticos, puedes visitar la página web del Centro pinchando en este enlace.

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