De Colombia a Panamá por el Tapón del Darién

Como ya había advertido en un post anterior, mi llegada a Panamá desde Colombia no fue tan plácida como yo pensaba, sino toda una odisea kafkiana.

Aeropuerto de Puerto Obaldía, Panamá

Aeropuerto de Puerto Obaldía, Panamá

Os pongo en antecedentes. Colombia y Panamá no están conectados por carretera pues su frontera terrestre se encuentra en un área selvática llena de montañas y pantanos que dificultan la construcción. De esta manera, la carretera Panamericana, que recorre de norte a sur el continente, se interrumpe abruptamente en lo que se ha denominado el Tapón del Darién.

Algunos aventureros se lanzan a cruzar la frontera a pie, aunque resulta una aventura peligrosa, pues esta remota e inaccesible región está dominada por guerrilleros y traficantes. Para los menos osados -por no decir, locos- la opción más segura es cambiar de país bordeando la costa. No hace falta decir que yo opté por esta travesía costera. La ruta es sencilla, ya que sólo hay que coger un bote desde el pueblo colombiano de Capurganá hasta Puerto Obaldía, ya en suelo panameño. Este pueblo no tiene conexiones terrestres, así que, si se quiere explorar el resto de Panamá, una vez allí hay que tomar un avión hasta Ciudad de Panamá o buscar sitio en una barca de pescadores hasta Puerto Colón. Sencillo, ¿verdad? Pues resultó que no era tan fácil, como podéis leer en las siguientes líneas.

Después de unos días de relax disfrutando del caribe colombiano en Capurganá y Sapzurro, llegó el momento de cambiar de país y poner rumbo a Ciudad de Panamá, vía Puerto Obaldía. Como buena mochilera previsora, fui a la oficina de inmigración de Capurganá con un par de días de antelación para sellar la salida en mi pasaporte. Me alegré de mi planificación, pues me encontré la oficina cerrada en varias ocasiones (sólo a mí se me ocurre ir a la hora de la siesta, de la merienda o del café mañanero). Con el pasaporte sellado ya podía salir de Colombia. Lo que no había conseguido era el billete de avión para volar desde Puerto Obaldía hasta Ciudad de Panamá, que me aseguraron no se podía reservar con antelación ni comprar por internet, ya que la única manera de obtenerlo era en Puerto Obaldía. Aunque me pareció algo extraño, tampoco le di más vueltas al asunto -las cosas funcionan de otra manera en el Caribe-.

Embarcadero en Capurganá, Colombia

Embarcadero en Capurganá, Colombia

Así, a las 6:30 de la mañana estaba preparada en el muelle de Capurganá para abordar el pequeño bote de pescadores que debía llevarme hasta Puerto Obaldía. Después de pasar la revisión de equipaje correspondiente, los 4 pasajeros y nuestras bolsas nos subimos al bote con toda nuestra ingenuidad y nada más salir descubrimos que nuestro viaje iba a resultar más tedioso de lo previsto. Digamos que había tanta agua dentro del bote como fuera. Cada ola era una bofetada de agua en la cara, que nos caló hasta los huesos en los primeros 10 minutos de travesía. Las impresionantes vistas de la costa y el Caribe quedaron limitadas por la mano que me puse delante de la cara para evitar que me entrara agua en los ojos. Por supuesto, nadie me había avisado de este pequeño inconveniente e iba vestida con mis mejores galas para cruzar la frontera -es decir, pantalones largos y camiseta- y con el pasaporte a mano. Una larga hora después llegué a Puerto Obaldía completamente empapada. Por suerte, las mochilas habían sido protegidas con unos plásticos y pude cambiarme de ropa. Eso sí, mi pasaporte necesitó de varias horas al sol para recuperar algo parecido a su estado natural.

Luego vino el consabido registro militar y el paso por la oficina de inmigración para obtener el sello de entrada al país, que, para no desmerecer a la burocracia centroamericana, requirió de dos visitas, pues eran necesarias unas copias del pasaporte que había que hacer en el ciber del pueblo. No deja de sorprenderme que una tenga que buscar la oficina de inmigración y encargarse de obtener los visados de entrada y salida, en lugar de encontrarse con los oficiales de inmigración en el mismo momento de poner un pie en el país.

Avión que conecta Ciudad de Panamá con Puerto Obaldía, Panamá

Avioneta que conecta Ciudad de Panamá con Puerto Obaldía, Panamá

Una vez finalizados los trámites burocráticos, comenzó la segunda odisea del día: conseguir un lugar en el avión que iba a Ciudad de Panamá. La oficina de la aerolínea estaba en el bajo de un edificio en mitad del pueblo y constaba de una báscula y un escritorio, detrás del cual una mujer con mala leche decidía la fortuna de los futuros pasajeros.

Oficina compañía aérea de Puerto Obaldía, Panamá

Oficina compañía aérea de Puerto Obaldía, Panamá

En teoría, el avión salía a las 10 de la mañana, pero a las 9 y media todavía estábamos esperando que la señora nos dijera si tendríamos sitio o no. Cual proceso kafkiano su única respuesta era que teníamos que esperar, nunca supimos muy bien el qué. Y pasaron los minutos y las horas y el famoso avión, que sólo salía 2 veces por semana, no daba señales de vida y la mujer no nos daba ninguna otra información. La pobre me confesó que estaba estresada. No me extraña teniendo que llevar ella sola esta abarrotada oficina el día que volaba el avión…

Pesando equipajes en Puerto Obaldía, Panamá

Pesando equipajes en Puerto Obaldía, Panamá

Visto que tocaba esperar y que ya era la hora de la comida, nos dispusimos a llenar nuestras panzas (no hay situación que no mejore con el estómago lleno). Aquí nos encontramos con otra de las sorpresas de Puerto Obaldía, pues en este extraño pueblo la comida escasea. De hecho, en el restaurante sólo nos pudieron ofrecer un poco de arroz con plátano frito. Según parece, nadie se dedica a la agricultura más allá de la propia subsistencia -o a ninguna otra actividad productiva- y, como el lugar está tan alejado del resto del país, es habitual que se queden sin comida y, entonces, les toca hacer la travesía de una hora hasta Colombia para poder alimentarse (¡muy fuerte!).

Espectáculo en el aeropuerto de Puerto Obaldía, Panamá

Espectáculo en el aeropuerto de Puerto Obaldía, Panamá

En fin, la espera continuaba. Nuestra señora se fue a su casa a comer y cerró la oficina, así que me eché una siesta, leí un rato, conversé con los otros gringos que también esperaban. Alguna gente local me comentó que a veces el avión simplemente no aparecía, con lo que empecé a buscar alojamiento en el pueblo. No me dio tiempo a buscar mucho, pues poco después llegaron noticias de que el avión finalmente venía y, en un momento, las maletas que estaban “facturadas” -es decir, en la acera frente a la oficina- se subieron a una carretilla para ser transportadas hasta el aeropuerto. Por supuesto, la llegada del avión es todo un acontecimiento en el pueblo, que se congrega junto a la pista para verlo aterrizar y despegar.

Transporte de equipajes en el aeropuerto de Puerto Obaldía, Panamá

Transporte de equipajes en el aeropuerto de Puerto Obaldía, Panamá

Por desgracia, los gringos no teníamos sitio en el avión… ¡¡¡Noooo!!! Esperar 3 días en este insulso pueblo en mitad de la nada comiendo sólo arroz era el peor plan que podía imaginar. Sin embargo, cuando ya había perdido toda esperanza, resulta que ¡fletaron un segundo avión! De no tener avión, pasamos de repente a tener dos. Así que, rápidamente nos pusieron en la lista de embarque del segundo avión, todo a mano y por triplicado (no hay ordenadores, pero tampoco papel carbón en Puerto Obaldía), y pesaron nuestras bolsas, que nosotros mismos tuvimos que llevar hasta el aeropuerto. Digo aeropuerto por llamarlo de alguna manera porque, como os podéis imaginar, era una simple pista de aterrizaje rodeada de una valla metálica y con una mesa de plástico a modo de detector de metales. Allí de nuevo nos abrieron las maletas para registrarlas, aunque entiendo que se podía llevar cualquier cosa que no fuera droga o una bomba, pues no había problemas con los líquidos ni con los objetos punzantes.

Primera fila en la avioneta desde Puerto Obaldía hasta Ciudad de Panamá

Primera fila en la avioneta desde Puerto Obaldía hasta Ciudad de Panamá

¡Qué alegría más grande! En 45 minutos estaría en mi destino y sólo habían pasado 9 horas desde que saliera de mi hotel. Después de tanta espera, los dos aviones, que en realidad eran dos avionetas, llegaron a la vez. Nunca había volado en un aparato tan pequeño, sólo había sitio para 12 pasajeros y me senté justo detrás de los pilotos. El vuelo fue una pasada, ya que pudimos ver prácticamente toda Panamá de un vistazo, desde el Atlántico hasta el Pacífico y antes de aterrizar disfrutamos de una panorámica impresionante de Ciudad de Panamá.

Ciudad de Panamá desde el aire

Ciudad de Panamá desde el aire

Por fin habíamos llegado a Ciudad de Panamá y todos pensamos que ya sólo nos faltaba pagar (por extraño que parezca había que abonar los 90$ del billete a la llegada), recoger nuestras maletas y dirigirnos al centro. Nada más lejos de la realidad. En cuanto aterrizamos nos quitaron nuestros pasaportes y empezó un largo proceso para poder salir del aeropuerto (curiosamente, el que sólo opera vuelos nacionales).

Primero, revisaron una por una todas las maletas de los extranjeros que habíamos llegado en los vuelos de Puerto Obaldía, mientras pasamos a una oficina a confirmar nuestros datos. Los panameños no se deben dedicar al tráfico de drogas porque pasaron rápidamente por otra puerta. Cuando terminaron con todas las maletas, nos llevaron a una zona de oficinas del aeropuerto, donde no había ni sillas donde sentarse, y nos convocaron uno por uno a una entrevista personal (la mía consistió en hablar de lo mal que estaba el Real Madrid). Hasta que no se completó este proceso para todos los viajeros, no nos devolvieron el pasaporte a todos. Es decir, estuvimos en total unas tres horas y media para salir del aeropuerto nacional, cuando ya habíamos cruzado la frontera en Puerto Obaldía y allí nos habían sellado el pasaporte. En definitiva, me pareció una verdadera vergüenza, y probablemente ilegal, que traten así a la gente. Primero, que se lleven tu pasaporte, segundo, que te hagan pasar tantos controles cuando en realidad ya has entrado al país y, tercero, que tengas que esperar a que todo el avión pase el control para poder recuperar tu pasaporte e irte. ¿Qué hubiese pasado si alguno hubiese llevado drogas, nos hubieran retenido a todos? No lo entiendo. Por lo menos, la compañía era agradable y, una vez que nos devolvieron nuestros pasaportes, nos fuimos todos los gringos juntos en taxi a buscar albergue en la ciudad.

Sin duda, lo peor del día no fue lo que tardé en llegar hasta Ciudad de Panamá (he hecho viajes más largos), sino la cantidad de tiempo de espera sin saber qué iba a pasar o cuándo se resolvería la situación. En todo caso, pronto se me pasó el cabreo y me dispuse a explorar este nuevo país, comenzando por su capital…

También te puede interesar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *